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lunes, 19 de enero de 2009

El niño espulgándose


Esta extraordinaria pintura de Murillo siempre
me ha impactado, no sólo por su perfecta técnica, sino
por su poderosa expresividad

Desde temprana edad, he tenido inclinación hacia el dibujo y la expresión gráfica; no es algo que se me haya enseñado, simplemente, nació en mí de forma maravillosamente espontánea, como si Dios lo hubiese puesto. Con el paso del tiempo he ido perfeccionando esa inclinación, especialmente desde que estudié diseño gráfico. De las largas horas de práctica y estudio, aprendí a usar la acuarela, los rotuladores, los colores, los pasteles, el aerógrafo y los Software de pintura; asimismo, descubrí (y aún lo hago) los misterios de la figura humana, de la perspectiva, de la teoría de los colores etc. No es de extrañar entonces que se haya desarrollado en mí una gran afición por el arte y todo lo que tenga que ver con el.

Sin embargo, no me considero exactamente un “pintor”, ya que mi oficio es el de Ilustrador y Diseñador gráfico, que es algo distinto. Pero eso no es obstáculo para apreciar y practicar la pintura, ya es bien sabido que hay arquitectos, ilustradores, diseñadores que han incursionado exitosamente en las artes plásticas. Ahí tenemos al acuarelista español Manel Plana, quien se inicio en el dibujo publicitario; a Ettore Maiotti, pintor italiano cuya profesión es diseñador gráfico y al “Mono” Angulo, acuarelista y arquitecto colombiano.

A lo largo de esta antología de sancochos temáticos, evocaré y comentare aquellas obras artísticas que siempre me han llamado hondamente la atención. Estas pueden ser de géneros variados como: pinturas, esculturas, obras arquitectónicas, filmes y hasta comics. En este texto me ocuparé de una pintura que me ha impresionado mucho, fue realizada por el pintor español Esteban Murillo hacia 1645, en pleno Barroco; le han dado varios nombres, pero el más común es “Niño espulgándose” del Museo de Louvre. Representa precisamente a un niño indigente, sucio, vestido con harapos, que se ha refugiado en el interior de un edificio abandonado para buscarse unas pulgas que se le han pegado al cuerpo y que lo mortifican con sus picaduras. Debido al uso de fuertes contrastes de luces y sombras (al mejor estilo tenebrista) que empleo Murillo en la pintura, se advierte un ambiente triste, solitario, y hasta melancólico. Me llama poderosamente la atención la forma como la luz proveniente de la abertura que está a la derecha, se posa sobre el cuerpo del niño transformándolo en una imagen llena de sombras dramáticas.

Es una obra impresionante, que expresa tragedia y ternura al mismo tiempo, lo cual es meritorio para Murillo, ya que logra enlazar estos dos aspectos perfectamente. Podemos entonces apreciar que, en medio del drama, se consigue mostrar una ternura congénita que no escapa de la mirada del espectador. Ahora bien, esta pintura la hizo Murillo en su natal Sevilla, en momentos en que la ciudad española vivía una situación terrible de pobreza y miseria. La peste había hecho estragos en la población, y muchos niños quedaron huérfanos, deambulando por las calles, buscando (y robando) cualquier cosa que pareciese comida. No es de extrañar entonces que Murillo, dominado por su espíritu apacible, se sintiera impulsado a retratar a esos pobres infantes.

“Niño espulgándose” me lleva a evocar mi propia ciudad, Soledad, donde abundan esos niños callejeros y hambrientos, que se conforman con cualquier mendrugo de pan o cualquier moneda. Cada vez qe veo uno de ellos, no hago otra cosa que recordar esta pintura inigualable.

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